Microrrelatos


Zurda

Aprendí a ser zurda a mis 53. No por necesidad, ni por superación personal, ni por arte. Por joderle. Le molestaba que manchara el cuaderno, que tardara el doble en cortar cebollas, que pareciera torpe. Decía que era una ridiculez, que siempre estaba inventando cosas para llamar la atención. Yo asentía con una sonrisa seca, mientras repasaba ejercicios de caligrafía con la izquierda y me volvía más precisa con el cuchillo.
Aprendí todas las técnicas. Desde el trazo infantil de las primeras letras hasta firmar cheques con una seguridad precisa. Devolví pelotas con la zurda, pinté paredes, me masturbé solo con esa mano. Por molestar. Por romperle la simetría de su mundo plano.
Cuando harté su paciencia, cuando ya no le quedó energía para burlarse o corregirme, hastiado se largó. Al fin.
Ese día volví a ser diestra. Como si nada. Todo el entrenamiento había sido mi plan. Mi primera acción fue entonces levantarle el dedo desde el balcón, con la mano derecha bien firme. Una obra maestra de coordinación y desprecio.
Lástima que él ya ni siquiera quiso mirar atrás. 

Freír un huevo

Todo debería ser tan fácil como freír un maldito huevo. Nivel básico de cocina de supervivencia. Lo mínimo para no morirte de hambre. ¿Por qué la vida tiene que enredarse tanto? ¿Por qué el amor tiene que ser tan enrevesado, tan laberíntico?
Hoy me levanté con una idea fija. Pasar por encima de todo, ligera, como si volara. Me hice el desayuno pensando que dejaría ese curro que llevaba años exprimiéndome. Lo pensaba mientras removía el café aguado y el olor del pan quemado me agrietaba la nariz. Ya no podía más con las migrañas, con ese nudo constante en el pecho. Me sentía amargada, arrastrándome como una morsa por el desierto. Vacía, torpe, a punto de estallar. Y lo hice.
Mientras la ducha caliente me deshacía el cuerpo y me limpiaba la rabia, tomé la decisión. Le escribiría a Adri. Basta de fingir. Basta de hacer como que ya no duele, como que ya no hay cosas que escuecen por dentro. Necesitaba vaciarme de todo eso para volver a llenarme de cosas bonitas. Ligeras. Sencillas. Lo hice.
También decidí que me largaría de ese piso. Viejo, húmedo, oscuro. Mil pavos al mes por un agujero en el centro, con las paredes resoplando moho y vecinos gritando. Lo hice. Hice las llamadas. Y luego llamé a mi madre.
Se lo solté todo, sin pausas. Pensé que iba a infartarse, pero solo respiró hondo y, con esa calma que solo tienen las madres cuando el mundo se cae a pedazos, me dijo: —Anda, Berta, vente a casa. Te hago unos huevos con patatas. Y ahí, frente al espejo, con el secador zumbando y los ojos llenos de lucecitas por primera vez en mucho tiempo, pensé, ¿lo ves? Si es que todo era tan fácil como freír un huevo. 

Espejo

Dibujó un ataúd y se metió dentro. Lo trazó con una precisión quirúrjica. Era angosto, de madera vieja, con astillas visibles en los bordes y clavos torcidos. Un ataúd hecho a su medida, para una versión más soportable de sí misma.
Adentro se dibujó empezando por unos ojos de color azul celeste brillante, como si en su interior hubiera luces de neón. Aunque los suyos eran marrones, oscuros, espesos, con reflejos dorados apenas visibles cuando el sol le daba de frente. Después la boca. Labios gruesos, húmedos, perfectos. Se veían carnosos y abiertos, casi desafiantes. Siguió con la piel. Le puso pecas, muchas, como lluvia sobre un campo claro. Se añadió una mandíbula afilada, una nariz recta, un cuello largo. La coronaba un pelo ondulado, suelto, con volumen y desorden sexy. Luego el cuerpo. Caderas redondas, muslos firmes, pechos altos y llenos. Un vientre plano, una cintura de avispa, una espalda sin marcas. Se dibujó con piernas largas, tan largas que apenas entraban en la caja. Y aun así, encajó.
Veinte minutos después, con los dedos manchados y el corazón apretado, levantó la vista. Frente a ella, en silencio absoluto, su reflejo en el espejo la observaba. Con los brazos cruzados y los ojos como cuchillas.
-Esa no eres tú le dijo sin asombro.
Mientras enterraba las apariencias entre líneas de lápiz, pensó en lo fácil que sería vivir siendo mentira.

Plàtans a la nevera

Sabia que l’estiu s’apropava quan l’àvia començava a desar els plàtans a la nevera. No deia res, només ho feia. Els deixava allà, arraconats entre la llet i les sobres del sopar. A sobre la taula, amb prou feines aguantaven dos dies sencers. La calor els corcava. Es tornaven tous, amb la pell plena de taques negres.
A la cuina hi havia unes estovalles de quadres vermells i blancs que semblaven tretes d’un anunci. El sol s’hi filtrava cada tarda, implacable, pel finestral de l’oest. Escalfava tot. El plàtan, la xocolata del berenar, fins i tot aquell tros de llimona mig resseca que havia sobrat per donar un toc de gust als calamars. Tot madurava massa ràpid. Tot es feia vell abans d’hora.
La mare també ho feia. Jo li deia que no m’agradaven els plàtans freds de la nevera. Que sortien negres, durs, tristos. Però ella deia que no hi havia altra manera, que si no els hi posava s’acabaven fent malbé.
Ara ja ho faig jo quan comença a arribar el maig valent. Sense pensar-hi. Sense qüestionar-ho. Els poso a la nevera com un acte automàtic. Com si fos una herència. Com si aquell gest petit servís per protegir alguna cosa més que una fruita.
L’àvia. La mare. Jo. Dones que hem après a sobreviure a l’estiu i a tot el que madura massa aviat. Que hem après a cuidar en silenci. A protegir-nos amb detalls tan insignificants com desar un grapat de plàtans a la nevera.

Cielo del 94

Jugabas a dibujar figuras de humo en el cielo. Decías que esas nubes grises eran señales. Yo te creía todo. Salíamos de clase corriendo, pero en realidad no teníamos prisa por nada. Teníamos quince años y toda la vida por delante. Mi madre siempre soltaba lo mismo: «Quien los pillara».
Nos dejábamos caer en ese banco cochambroso, lleno de garabatos y nombres que ya no recuerdo. Comíamos pipas hasta que los dedos nos ardían de sal. Los 90 tenían algo. O quizá eras tú. Me hacías sentir distinta, como si de verdad importara algo en el mundo. Charlábamos de chorradas mientras jugábamos a ser mayores, encendiendo cigarrillos robados sin que se nos notara la tos. Compartíamos un auricular. Uno para ti, otro para mí. Me fascinaba cómo conocías canciones que me atravesaban.
Una vez pusiste Basket Case, de Green Day. El walkman temblaba en nuestras manos mientras saltábamos como si el suelo quemara. Me mirabas con esa sonrisa ladeada que me descolocaba el cuerpo. No entendía qué narices me pasaba, pero no quería que se me quitara.
Y lo mejor era el humo. Las figuras que dibujabas con el humo. Decías que eras como las nubes, caprichoso, libre, que nadie podía borrarlas. Yo asentía y sonreía. «Somos los putos reyes del mundo, Blanca», me gritabas mientras bajábamos la cuesta en bici, con tu piercing brillando al sol.
Ahora tengo más de 45 años. El cielo ya no me queda tan lejos. Me da vértigo. Busco Basket Case en Spotify, me enciendo un cigarro y desde esta ventana de mi piso de alquiler intento trazar figuras en el aire. Como tú. A ver si el humo, por un instante, me lleva de vuelta a ese banco, a esas canciones, a ti. Con todo lo que eso significaría.

Gilipollismo crónico

Me diagnosticaron gilipollismo. Crónico, además. El médico lo dijo con la misma cara que si estuviera leyendo mi horóscopo. Según él, era un caso «probablemente adquirido por convivencia prolongada con idiotas». Vamos, que me lo habían pegado.
Los días siguientes fueron una feria de síntomas. Amanecer con la lucidez de una esponja mugrienta, soltar frases que parecían escritas por un escritor con resaca, y tomar decisiones desastrosas.
Busqué tratamiento. El médico, claramente un paciente en fase terminal, me dijo que no había cura, pero que podía “aprender a vivir con ello». Me recetó pastillas sin etiqueta y me cobró el doble «porque sí». Le pagué sin rechistar. No olvidemos que, pobre de mi, sufría de gilipollismo.
En la calle, empecé a detectar a otros infectados. Conductores tocando el claxon en procesiones fúnebres, tipos discutiendo sobre reality shows como si fuesen tratados de filosofía, y señoras fotografiando un plato de espaguetis como si estuvieran documentando un hallazgo arqueológico.
Lo peor fue descubrir que no siempre es contagioso. A veces el gilipollismo viene de serie, como una tara genética. Y ahí lo entendí. No me lo había pegado. Era herencia familiar.
Ahora lo asumo. Me coloco mi gorra invisible de imbécil, salgo a la calle camuflo entre la fauna local. Porque aquí, la verdadera rareza no es estar enfermo. Es no estarlo.