Bum bum
No late
Ya no late. En ninguno de los puntos donde lo sentía, no lo noto. Coloco dos dedos de mi mano en la parte de atrás de la muñeca y no percibo el pequeño bombeo de mis venas. Deslizo mis dedos índice y medio sobre la arteria carótida, en mi cuello. Los apoyo durante quince largos segundos. Nada. Rebusco otras opciones más remotas donde encontrarlo, detrás de la rodilla, en el empeine y en la ingle. Y ya no late. En el colegio me enseñaron que, a los que estamos vivos, el pulso nos oscila entre sesenta y cien latidos por minuto en estado de reposo, y mi corazón no emite ni una jodida señal. Ya no bombea. ¿Estoy muerta?
Me llamo Valentina. Ayer por la noche me acosté a las once como casi siempre de lunes a viernes. Vivo en Barcelona. En un piso compartido, así que puedo decir más bien que vivo en una habitación. Tengo diez metros cuadrados de intimidad a mis treinta y cinco años. Cada mañana, cada día y cada hora vivo con la sensación de que no me puedo quejar, que soy afortunada, que tengo que estar agradecida por ser una mujer blanca, independiente y europea. Puedo irme tres semanas de vacaciones en verano tras trabajar el resto de días del año por un sueldo escaso que me permite hacer una escapada que no implique comprar un vuelo demasiado caro. Ryanair, I’m in.
Como esclavos del sistema que somos, madrugamos para ser personas productivas durante ocho horas al día en una oficina, donde simulamos ser felices. Pero lo único que nos salva de ir a gritarle a nuestro jefe —en mi caso, un ser retorcido de dudosa moralidad— es que tenemos algunos compañeros de trabajo que nos hacen más livianas las cuarenta horas semanales. Los viernes corremos despavoridos a la calle como si el fin de semana fuera a salvarnos. Es una huida temporal. Por eso nos deprimimos los domingos por la tarde. Porque nos decep cionamos a nosotros mismos cada semana. Por quedarnos ahí, mirando cómo todo se desmorona, sin tener el coraje de hacer nada.
Mi último intento de relación acabó con un ghosting. Tengo la extraña sensación de que he aprendido a no enamorarme. A no sentir. Decepción tras decepción, me he vuelto dura e inquebrantable como una roca. No necesito a nadie, me digo cada mañana. Y aunque me muera por despertarme al lado de un ser que respire y poder amar, me he ido apagando hasta llegar a la más absoluta apatía sentimental.
Mi familia siempre está a mi lado, pero siento que no he sabido aproximarme a ellos. Son felices con sus vidas. A veces siento que, con que noten que sigo arrastrando mi sombra, basta. Mis aficiones y mis amigos han ido llenando esos huecos de vacío que retumban en mi interior cuando, en la soledad de algún sábado, me he pregun tado: «¿Esto es vivir?».
Y hoy no late. Por más que busco, no lo encuentro. Y, por raro que suene, parece lógico. Un final coherente tras tanta desidia.
De repente, suena el timbre. Me levanto sin prisa y me acerco a la puerta. Me gusta caminar descalza y sentir el frío en las plantas de los pies. Sin mirar por la mirilla, abro la puerta y me encuentro a un chico. Lleva gafas y viste raro.
—Hola, soy Bruno.
Y tengo la intuición de que mi vida ya ha empezado a cambiar.