Aprendí a ser zurda a mis 53. No por necesidad, ni por superación personal, ni por arte. Por joderle. Le molestaba que manchara el cuaderno, que tardara el doble en cortar cebollas, que pareciera torpe. Decía que era una ridiculez, que siempre estaba inventando cosas para llamar la atención. Yo asentía con una sonrisa seca, mientras repasaba ejercicios de caligrafía con la izquierda y me volvía más precisa con el cuchillo.
Aprendí todas las técnicas. Desde el trazo infantil de las primeras letras hasta firmar cheques con una seguridad precisa. Devolví pelotas con la zurda, pinté paredes, me masturbé solo con esa mano. Por molestar. Por romperle la simetría de su mundo plano.
Cuando harté su paciencia, cuando ya no le quedó energía para burlarse o corregirme, hastiado se largó. Al fin.
Ese día volví a ser diestra. Como si nada. Todo el entrenamiento había sido mi plan. Mi primera acción fue entonces levantarle el dedo desde el balcón, con la mano derecha bien firme. Una obra maestra de coordinación y desprecio.
Lástima que él ya ni siquiera quiso mirar atrás.
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