Me diagnosticaron gilipollismo. Crónico, además. El médico lo dijo con la misma cara que si estuviera leyendo mi horóscopo. Según él, era un caso «probablemente adquirido por convivencia prolongada con idiotas». Vamos, que me lo habían pegado.
Los días siguientes fueron una feria de síntomas. Amanecer con la lucidez de una esponja mugrienta, soltar frases que parecían escritas por un escritor con resaca, y tomar decisiones desastrosas.
Busqué tratamiento. El médico, claramente un paciente en fase terminal, me dijo que no había cura, pero que podía “aprender a vivir con ello». Me recetó pastillas sin etiqueta y me cobró el doble «porque sí». Le pagué sin rechistar. No olvidemos que, pobre de mi, sufría de gilipollismo.
En la calle, empecé a detectar a otros infectados. Conductores tocando el claxon en procesiones fúnebres, tipos discutiendo sobre reality shows como si fuesen tratados de filosofía, y señoras fotografiando un plato de espaguetis como si estuvieran documentando un hallazgo arqueológico.
Lo peor fue descubrir que no siempre es contagioso. A veces el gilipollismo viene de serie, como una tara genética. Y ahí lo entendí. No me lo había pegado. Era herencia familiar.
Ahora lo asumo. Me coloco mi gorra invisible de imbécil, salgo a la calle camuflo entre la fauna local. Porque aquí, la verdadera rareza no es estar enfermo. Es no estarlo.
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