Todo debería ser tan fácil como freír un maldito huevo. Nivel básico de cocina de supervivencia. Lo mínimo para no morirte de hambre. ¿Por qué la vida tiene que enredarse tanto? ¿Por qué el amor tiene que ser tan enrevesado, tan laberíntico?
Hoy me levanté con una idea fija. Pasar por encima de todo, ligera, como si volara. Me hice el desayuno pensando que dejaría ese curro que llevaba años exprimiéndome. Lo pensaba mientras removía el café aguado y el olor del pan quemado me agrietaba la nariz. Ya no podía más con las migrañas, con ese nudo constante en el pecho. Me sentía amargada, arrastrándome como una morsa por el desierto. Vacía, torpe, a punto de estallar. Y lo hice.
Mientras la ducha caliente me deshacía el cuerpo y me limpiaba la rabia, tomé la decisión. Le escribiría a Adri. Basta de fingir. Basta de hacer como que ya no duele, como que ya no hay cosas que escuecen por dentro. Necesitaba vaciarme de todo eso para volver a llenarme de cosas bonitas. Ligeras. Sencillas. Lo hice.
También decidí que me largaría de ese piso. Viejo, húmedo, oscuro. Mil pavos al mes por un agujero en el centro, con las paredes resoplando moho y vecinos gritando. Lo hice. Hice las llamadas. Y luego llamé a mi madre.
Se lo solté todo, sin pausas. Pensé que iba a infartarse, pero solo respiró hondo y, con esa calma que solo tienen las madres cuando el mundo se cae a pedazos, me dijo: —Anda, Berta, vente a casa. Te hago unos huevos con patatas. Y ahí, frente al espejo, con el secador zumbando y los ojos llenos de lucecitas por primera vez en mucho tiempo, pensé, ¿lo ves? Si es que todo era tan fácil como freír un huevo.
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