Dibujó un ataúd y se metió dentro. Lo trazó con una precisión quirúrjica. Era angosto, de madera vieja, con astillas visibles en los bordes y clavos torcidos. Un ataúd hecho a su medida, para una versión más soportable de sí misma.
Adentro se dibujó empezando por unos ojos de color azul celeste brillante, como si en su interior hubiera luces de neón. Aunque los suyos eran marrones, oscuros, espesos, con reflejos dorados apenas visibles cuando el sol le daba de frente. Después la boca. Labios gruesos, húmedos, perfectos. Se veían carnosos y abiertos, casi desafiantes. Siguió con la piel. Le puso pecas, muchas, como lluvia sobre un campo claro. Se añadió una mandíbula afilada, una nariz recta, un cuello largo. La coronaba un pelo ondulado, suelto, con volumen y desorden sexy. Luego el cuerpo. Caderas redondas, muslos firmes, pechos altos y llenos. Un vientre plano, una cintura de avispa, una espalda sin marcas. Se dibujó con piernas largas, tan largas que apenas entraban en la caja. Y aun así, encajó.
Veinte minutos después, con los dedos manchados y el corazón apretado, levantó la vista. Frente a ella, en silencio absoluto, su reflejo en el espejo la observaba. Con los brazos cruzados y los ojos como cuchillas.
-Esa no eres tú le dijo sin asombro.
Mientras enterraba las apariencias entre líneas de lápiz, pensó en lo fácil que sería vivir siendo mentira.


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