Jugabas a dibujar figuras de humo en el cielo. Decías que esas nubes grises eran señales. Yo te creía todo. Salíamos de clase corriendo, pero en realidad no teníamos prisa por nada. Teníamos quince años y toda la vida por delante. Mi madre siempre soltaba lo mismo: «Quien los pillara».
Nos dejábamos caer en ese banco cochambroso, lleno de garabatos y nombres que ya no recuerdo. Comíamos pipas hasta que los dedos nos ardían de sal. Los 90 tenían algo. O quizá eras tú. Me hacías sentir distinta, como si de verdad importara algo en el mundo. Charlábamos de chorradas mientras jugábamos a ser mayores, encendiendo cigarrillos robados sin que se nos notara la tos. Compartíamos un auricular. Uno para ti, otro para mí. Me fascinaba cómo conocías canciones que me atravesaban.
Una vez pusiste Basket Case, de Green Day. El walkman temblaba en nuestras manos mientras saltábamos como si el suelo quemara. Me mirabas con esa sonrisa ladeada que me descolocaba el cuerpo. No entendía qué narices me pasaba, pero no quería que se me quitara.
Y lo mejor era el humo. Las figuras que dibujabas con el humo. Decías que eras como las nubes, caprichoso, libre, que nadie podía borrarlas. Yo asentía y sonreía. «Somos los putos reyes del mundo, Blanca», me gritabas mientras bajábamos la cuesta en bici, con tu piercing brillando al sol.
Ahora tengo más de 45 años. El cielo ya no me queda tan lejos. Me da vértigo. Busco Basket Case en Spotify, me enciendo un cigarro y desde esta ventana de mi piso de alquiler intento trazar figuras en el aire. Como tú. A ver si el humo, por un instante, me lleva de vuelta a ese banco, a esas canciones, a ti. Con todo lo que eso significaría.
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